Expertos sostienen que las razones detrás de esta diferencia radican en factores como la estabilidad macroeconómica, reformas institucionales y la confianza en la moneda local.
En Chile, el crédito al sector privado asciende al 104% del Producto Bruto Interno (PBI), considerando tanto a los bancos como a los Proveedores No Financieros de Crédito (PNFC), según cálculos de Deloitte. En Argentina, este indicador se limita a un modesto 15%.
El financiamiento bancario en Chile ha evolucionado, pasando del 42,6% del PBI en 1990 al 70,2% proyectado para 2025. Por contraste, Argentina alcanzó un máximo del 26,6% en 1989, situándose el año pasado en solo 14,2% del PBI.
La meta inicial de las entidades financieras en Argentina es aumentar este ratio hasta el 25% del PBI, para después aproximarse al promedio de la región, que ronda el 50%.
Javier Bolzico, presidente de la Asociación de Bancos Argentinos (Adeba), señaló: “No existe la bala de plata para el crédito. Es un proceso de años, donde se deben generar las condiciones para su desarrollo”. Entre estas condiciones, mencionó la importancia de la estabilidad macroeconómica, la confianza en la moneda, un marco regulatorio adecuado y la eliminación de impuestos distorsivos. Esto contribuiría a disminuir las tasas de interés. Bolzico añadió que, en los próximos años, Argentina no solo debe aumentar el volumen de los préstamos, sino también extender los plazos de los mismos, lo que requiere confianza y acceso a fondos a mediano y largo plazo por parte del sistema financiero.
Desde el sector bancario se ha resaltado la necesidad de reducir el riesgo país, un factor determinante en el costo de financiamiento, así como la necesidad de una economía abierta e integrada al mundo y a los flujos de capitales.
Guillermo Barbero, socio de First Capital Group, explicó que Chile implementó políticas de austeridad fiscal y desregulación financiera a partir de las décadas de 1970 y 1980, estrategias que han perdurado con algunas modificaciones hasta la fecha. Destacó que Chile nunca enfrentó una crisis comparable a la de Argentina en 2002.
A pesar de que Chile tuvo un problema importante de endeudamiento en dólares en 1982, el impacto en el crédito no fue tan severo. Barbero atribuye esto a la ausencia de mecanismos de contención similares a los que posee Chile, como las reservas en divisas y de capitales. Resaltó además el tempranero desarrollo del sistema de capitalización previsional, que incentivó el ahorro a largo plazo y robusteció al sector financiero.
Por su parte, Jorge Berrios, director académico del Diplomado en Finanzas de la Facultad de Economía y Negocios (FEN) de la Universidad de Chile, explicó que en los años 80 el país no contaba con un sistema bancario desarrollado, lo que cambió radicalmente en la década de 1990. Esto se debió a una reestructuración del sistema bancario que le otorgó mayor solidez y cumplimiento de estándares internacionales. “Dada la crisis que nosotros atravesamos entre 1982 y 1983, que implicó la quiebra de numerosas empresas y entidades, la banca está muy controlada, con órganos supervisores estrictos. Entonces, en general, en Chile hay mucha credibilidad tanto para suscribir deuda como para invertir”, precisó Berrios, quien añadió que el país no ha experimentado episodios como el “Corralito” en Argentina.
Asimismo, destacó el crecimiento del crédito de las casas comerciales, una fuente de financiamiento que anteriormente era escasa. Este crecimiento se facilitó a través de la introducción de tarjetas de casa propia, que se otorgaban con pocos requisitos y permitían financiar compras en cuotas. “Las cadenas de retail rompieron el paradigma, porque ya no se necesitaba tener una cuenta de banco para acceder”, enfatizó Berrios.
Con el tiempo, se produjo un aumento en la bancarización, que hoy incluye a más del 90% de la población, otorgando a los consumidores acceso a tarjetas de crédito con límites equivalentes a tres veces su sueldo.
En relación a las tasas de interés, Berrios destacó que, al analizar las últimas dos décadas, Chile mantiene una inflación promedio de entre 3% y 3,5% anual, lo que se traduce en costos de financiamiento relativamente bajos. Recordó que en 2019, la tasa interbancaria rondaba el 0,5% anual.
Actualmente, predominan en el país los créditos al consumo, mientras que los préstamos hipotecarios han disminuido su participación debido al significativo incremento en los precios de la vivienda, que han crecido a un ritmo superior al de los salarios.
Berrios destacó que muchas personas utilizaron los fondos de pensiones para saldar deudas en lugar de destinarlos al consumo, reflejando una cultura de pago arraigada en la sociedad. Indicó que, además, la legislación facilita la cobranza, permitiendo que los procedimientos judiciales se activen rápidamente en caso de incumplimiento.
En caso de que un individuo no pueda cumplir con sus obligaciones, puede acogerse a la Ley de Insolvencia y Reemprendimiento, una normativa que permite presentar formalmente la quiebra, similar a lo que sucede con las empresas.
Sin embargo, Berrios advirtió que el crecimiento del consumo impulsado por el crédito puede aportar a una limitada capacidad de ahorro, además de los problemas sociales y personales que pueden derivarse del sobreendeudamiento.
Jorge Selaive, profesor adjunto del Departamento de Administración de la FEN, comentó que el mercado de crédito en Chile se desarrolló una vez que la inflación se estabilizó en torno a la meta del Banco Central. Se extendió el uso de la Unidad de Fomento (UF), que permite ofrecer préstamos a largo plazo.
Finalmente, Selaive consideró que resulta complicado lograr un mercado de crédito profundo en una economía emergente que enfrenta shocks políticos y variaciones en los precios de las materias primas, sin contar con algún instrumento indexado a la inflación que funcione como una protección para las entidades financieras.

