En este nuevo escenario aparecen tres preocupaciones que comenzaron a ganar peso entre los inversores: un contexto internacional menos favorable, las dificultades para conseguir financiamiento y la pérdida de dinamismo de la economía doméstica.
El frente externo constituye uno de los factores que complican el panorama. La guerra en Medio Oriente presionó sobre el precio del petróleo y llevó al Brent a niveles cercanos a los US$100 por barril, luego del rechazo de Donald Trump a una propuesta de paz de Irán. Al mismo tiempo, la inflación estadounidense se mantiene alrededor del 3,5% anual, según los indicadores mencionados en los análisis privados.
En ese contexto, la Reserva Federal elevó su tasa de interés en 25 puntos básicos, hasta un rango de entre 3,75% y 4%. Se trató del primer aumento desde julio de 2023 y el mercado no descarta nuevas subas antes de que termine el año.
Los rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense también reflejaron ese escenario. La tasa de los títulos a diez años alcanzó el 5,27%, mientras que la de los bonos a 30 años llegó al 5,5%. Con mayores rendimientos en activos considerados de menor riesgo, el financiamiento para los países con mayor riesgo se vuelve más costoso y selectivo.
El contexto internacional se combina con una necesidad financiera importante para Argentina. Durante 2027, el país deberá refinanciar vencimientos de deuda por unos US$25.000 millones, en un año que además estará marcado por elecciones presidenciales y legislativas.
La segunda preocupación está relacionada con el acceso al crédito. Cuando el riesgo país se encontraba cerca de los 400 puntos, durante enero y junio, el Gobierno no aprovechó esas condiciones para colocar deuda en los mercados internacionales. Con el indicador actualmente por encima de los 600 puntos, esa alternativa quedó prácticamente cerrada.
También se complicó la posibilidad de conseguir financiamiento en dólares dentro del mercado local. El bono AO29, emitido por el Tesoro, ofrece un rendimiento cercano al 13%, una tasa que el Gobierno no estaría dispuesto a aceptar.
Ante la dificultad para acceder al mercado, una de las alternativas consiste en que el Banco Central compre más dólares para hacer frente a los vencimientos del Tesoro. Sin embargo, el ritmo de adquisiciones de la entidad se desaceleró justamente en las últimas semanas.
Según los datos citados en los análisis del mercado, durante agosto el Banco Central compraba un promedio de US$39 millones diarios. En septiembre ese ritmo bajó a unos US$14 millones y durante la semana pasada el promedio se ubicó en apenas US$6 millones por día, con algunas jornadas en las que no hubo compras.
En el mercado se interpreta que la autoridad monetaria estaría operando con menor intensidad para evitar movimientos en el tipo de cambio que puedan afectar el proceso de desaceleración de la inflación. En agosto, el índice de precios registró una variación mensual del 1,7%.
Las cuentas del Tesoro también presentan márgenes acotados. Al 24 de septiembre, contaba con unos US$2.230 millones depositados en el Banco Central, frente a vencimientos de bonos y pagos al Fondo Monetario Internacional por casi US$6.400 millones previstos para fin de año.
Si no consigue financiamiento adicional, el Gobierno debería recurrir a las reservas. La semana pasada las reservas internacionales disminuyeron en US$960 millones y quedaron en US$48.845 millones.
El tercer foco de preocupación está relacionado con la evolución de la actividad económica. En julio, la economía registró una caída del 2,9% respecto de junio, la mayor contracción mensual desde abril de 2018, si se excluye el período de la pandemia.
Para evitar una recesión técnica, algunos análisis estiman que la actividad debería crecer alrededor de 3% mensual durante agosto y septiembre, una dinámica considerada difícil de alcanzar a partir de los antecedentes de las últimas dos décadas.
El comportamiento también presenta diferencias entre sectores. Mientras el petróleo, la minería y el agro mantienen una evolución positiva, la industria, el comercio y la construcción continúan mostrando dificultades. Los análisis privados señalan además que las actividades que más crecen tienen una elevada intensidad de capital y generan relativamente pocos puestos de trabajo, lo que limita su impacto sobre el conjunto de la economía.
El mercado laboral también muestra señales de deterioro. La desocupación llegó al 7,9% durante el segundo trimestre y la pobreza alcanzó al 32,3% durante el primer semestre.
A este escenario se suma una caída en los indicadores de confianza en el Gobierno. Un índice elaborado por una universidad y seguido por inversores registró en septiembre una baja del 5,9%, hasta 1,94 puntos, el mismo nivel que había alcanzado en septiembre de 2025. Desde diciembre, el indicador acumula una disminución del 21,4%.
Uno de los componentes que más se deterioró durante septiembre fue la percepción sobre la preocupación del Gobierno por el bienestar general.
Para algunos analistas, la combinación entre la menor actividad, las dificultades de financiamiento y el deterioro de determinados indicadores sociales reduce el margen para esperar que la economía se recupere por sí sola.
El escenario financiero queda condicionado así por factores externos y domésticos que se relacionan entre sí: mayores tasas internacionales, un riesgo país más elevado, vencimientos importantes para 2027, menor acceso al crédito y una actividad económica que muestra señales de debilidad en sectores relevantes.

