Un informe titulado When Everyone Uses AI, Companies Risk Losing Critical Skills, elaborado por Boston Consulting Group (BCG), introduce el concepto de “deuda cognitiva”, que se refiere al debilitamiento del pensamiento crítico, la curiosidad, el juicio y la originalidad en quienes emplean IA con frecuencia. Cuando este fenómeno se produce en el ámbito corporativo, se transforma en un “desaprendizaje distribuido” que puede perjudicar habilidades vitales a nivel organizacional. Para llevar a cabo su investigación, se recogieron las opiniones de 70 líderes de diversas organizaciones a nivel global.
Casi el 90% de estos líderes observan como señal de alerta principal la facilidad con la que se aceptan resultados generados por IA sin cuestionarlos. Las competencias que los directivos consideran más relevantes para el rendimiento sostenido, como el juicio, la toma de decisiones, la capacidad de definir y entender problemas, el pensamiento creativo, el razonamiento causal y la formulación de soluciones, son precisamente las que corren un mayor riesgo de erosionarse por el uso extendido de IA.
Es fundamental recordar que el planteamiento del problema sigue necesitando de la intervención humana. Una herramienta de IA puede generar análisis, textos o imágenes dentro de marcos preestablecidos, pero el verdadero valor estratégico surge antes de su utilización, cuando se decide qué problema se debe resolver, el nivel de riesgo aceptable y el resultado que resulta conveniente para la organización. Si una empresa pierde esa capacidad, el simple hecho de mejorar los análisis o realizarlos de manera más rápida no solucionará la raíz del problema.
El avance de la IA no implica necesariamente la eliminación masiva de empleos. El estudio AI Will Reshape More Jobs Than It Replaces, también de BCG, analizó 1.500 puestos que representan aproximadamente 165 millones de empleos en Estados Unidos. Se estima que entre el 50% y el 55% de estos roles serán redefinidos en los próximos dos a tres años, mientras que solo entre el 10% y el 15% podrían desaparecer en un plazo de cinco años o más.
Por cada puesto que corre el riesgo de ser eliminado, se espera que entre tres y cinco cambien en su forma de ejecución. Redefinir un trabajo no equivale a automatizarlo en su totalidad. Aproximadamente el 12% de los empleos analizados se consideran “roles divergentes”. Este grupo incluye ocupaciones como contabilidad, programación y redacción, donde las tareas repetitivas en los niveles iniciales se automatizan primero, mientras que las responsabilidades de niveles superiores persisten y, en algunos casos, se incrementan.
Este cambio requerirá que los profesionales más jóvenes asuman un rol activo en la supervisión de resultados, la gestión de excepciones y la toma de decisiones desde etapas iniciales de sus carreras. La competencia en IA deberá complementarse con el juicio en sus respectivas áreas, la capacidad de validar resultados y la habilidad para adaptarse a situaciones de ambigüedad. La estabilidad de un puesto de trabajo estará ligada a la complejidad del juicio y las credenciales que este requiera, más que a la edad del profesional. El desarrollo de la carrera debe orientarse desde un inicio hacia roles que exigen un mayor criterio, en lugar de enfocarse exclusivamente en tareas repetitivas propensas a la automatización.
El análisis de BCG revela que no todos los empleos tienen el mismo nivel de exposición a la automatización. Un 43% muestra una “automatización relevante”, lo que significa que más del 40% de sus tareas pueden ser automatizadas con la tecnología actual. Por otro lado, el 57% restante cuenta con menor riesgo, ya que sus funciones dependen más del trabajo físico, la interacción humana o decisiones que no son fáciles de estructurar.
Este último grupo incluye profesiones que se desarrollan en entornos variables, como electricistas, plomeros, cirujanos y rescatistas. Desafíos complejos y situaciones inesperadas requieren de experiencia e improvisación en tiempo real.
Un segundo grupo abarca profesiones basadas en la interacción humana, como pediatras, terapeutas, docentes, enfermeras y trabajadores sociales. Cada paciente, alumno o caso demanda la interpretación de un contexto particular. El tercer grupo consiste en roles de juicio senior, como abogados que diseñan estrategias, arquitectos de software que determinan escalabilidad y líderes que toman decisiones basadas en información incompleta.
Estos perfiles comparten habilidades que son difíciles de automatizar, como el juicio contextual, la inteligencia emocional y la resolución de problemas sin un procedimiento claro. Otras habilidades relacionadas con las relaciones interpersonales, como la empatía, la escucha activa y el liderazgo, se consideran “relativamente protegidas”: la IA puede ser un apoyo, pero no puede suplantarlas.
El desafío para las organizaciones no es detener la implementación de inteligencia artificial, sino utilizarla sin menoscabar las capacidades humanas que fundamentan sus decisiones. Esto implica formular preguntas antes de buscar respuestas, contrastar la información obtenida y evitar aceptar automáticamente los primeros resultados.
Para los ejecutivos, la deuda cognitiva no es consecuencia de la tecnología en sí, sino de la forma en que los individuos eligen interactuar con ella. La habilidad más importante a desarrollar en la actualidad no solo radica en aprender a utilizar la IA, sino en no abdicar del pensamiento crítico.

