Desde el norte chileno, un recorrido de casi tres horas permite observar una infraestructura minera desarrollada durante décadas. El trayecto hacia una de las principales operaciones cupríferas del país transcurre por una ruta pavimentada, sin baches, que alcanza los 3100 metros de altura. El paisaje está acompañado por redes de alta tensión, parques solares y aerogeneradores que abastecen de energía a la actividad minera.

La escena refleja una diferencia significativa respecto de los proyectos de cobre que comienzan a tomar impulso en Argentina y muestra el resultado de un proceso de inversión en infraestructura que Chile inició hace más de 30 años.

Operada por un grupo internacional de compañías minera, se trata de una explotación que genera una parte relevante de la producción chilena del mineral y que forma parte del modelo que observan los desarrollos argentinos, entre ellos un proyecto ubicado en San Juan en el que participa una compañía minera internacional.

Durante 2025, esta mina representó aproximadamente una cuarta parte del cobre producido por Chile y generó exportaciones por unos US$14.500 millones. En total, el país exportó cerca de US$58.000 millones en cobre y alrededor de US$63.000 millones al sumar el resto de la actividad minera, una cifra comparable con los ingresos anuales del complejo agroindustrial argentino.

La escala de la operación resulta difícil de dimensionar. El yacimiento a cielo abierto alcanza unos 3,5 kilómetros de extensión, tiene cerca de 2 kilómetros de ancho y una profundidad de 900 metros, con una superficie comparable a la de grandes ciudades.

La mina comenzó sus actividades en 1991 y todavía cuenta con varias décadas de explotación previstas. En un solo día, sus instalaciones producen el cobre necesario para abastecer la fabricación de miles de vehículos eléctricos, en un contexto internacional donde la demanda del mineral aumenta por la electrificación del transporte y la expansión de los centros de datos vinculados a la inteligencia artificial.

La comparación con Argentina aparece incluso antes de llegar a los yacimientos. Mientras el acceso a las zonas mineras chilenas cuenta con conexiones aéreas frecuentes y caminos preparados para el tránsito permanente, algunos proyectos argentinos todavía enfrentan mayores dificultades logísticas.

En San Juan, uno de los principales polos del cobre argentino, el acceso a los proyectos en desarrollo requiere recorridos más extensos por zonas de montaña, con mayores alturas y condiciones climáticas más exigentes durante el invierno.

La diferencia también se observa en la infraestructura energética. En Chile, las redes eléctricas de alta tensión acompañan gran parte de los corredores mineros. En Argentina, varios emprendimientos en construcción aún deben abastecerse mediante generadores propios y combustibles tradicionales debido a la falta de conexión con sistemas eléctricos de mayor capacidad.

Esta situación responde a procesos históricos distintos. Desde la década de 1990, Chile impulsó inversiones en caminos y redes eléctricas asociadas a la minería, permitiendo que la infraestructura llegara a zonas alejadas de la cordillera. Argentina, en cambio, se encuentra en una etapa más temprana de desarrollo de grandes proyectos cupríferos.

Aunque ambos países comparten la misma formación geológica y cuentan con yacimientos cercanos e incluso compartidos, la principal diferencia está vinculada al desarrollo acumulado de infraestructura y experiencia minera.

Dentro de la operación chilena, el complejo funciona prácticamente como una ciudad ubicada en altura. Allí trabajan alrededor de 10.000 personas entre empleados directos y contratistas. La participación femenina tiene una presencia importante dentro de la estructura laboral, con una proporción destacada en puestos de conducción. En Argentina, la incorporación de mujeres al sector minero todavía representa un desafío pendiente.

El proceso productivo depende del tipo de mineral extraído. Los sulfuros son tratados mediante plantas concentradoras para obtener concentrado de cobre, que luego es trasladado hacia un puerto mediante sistemas especializados de transporte. Los óxidos, en cambio, atraviesan procesos de lixiviación y electro-obtención para transformarse en cátodos de cobre de alta pureza.

Desde el puerto, el mineral se envía principalmente hacia mercados asiáticos, entre ellos China, Corea, India y Japón.

Uno de los principales desafíos de la operación es el abastecimiento de agua. La mina dejó de utilizar fuentes continentales y actualmente funciona con agua desalinizada proveniente del mar. Este proceso requiere grandes inversiones y un elevado consumo energético, pero permite reducir la presión sobre los recursos hídricos disponibles en una zona desértica.

Chile proyecta continuar aumentando el uso de agua de mar en la minería durante los próximos años como parte de una estrategia para garantizar el abastecimiento del sector.

Otro desafío de las grandes minas es el envejecimiento natural de los yacimientos. Con el paso del tiempo, los pozos alcanzan mayores profundidades y disminuye la concentración del mineral, por lo que es necesario procesar más roca para obtener la misma cantidad de cobre.

Para mantener los niveles de producción, la empresa responsable de la operación anunció inversiones superiores a US$10.000 millones para la próxima década, destinadas a nuevas instalaciones y mejoras tecnológicas.

La experiencia chilena representa para Argentina una oportunidad y, al mismo tiempo, un desafío. El país cuenta con recursos de cobre y enfrenta una demanda internacional creciente, pero todavía debe avanzar en infraestructura, escala productiva y desarrollo de una cultura minera con varias décadas menos de trayectoria.

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